CUANDO UN COLEGIO DECIDE CONTAR LA VIDA QUE SIEMPRE ESTUVO AHÍ

29 de julio de 2026
Por: Norma Constanza Ospina Arias – Rectora
Donde vuelan las ideas: la historia del colegio que quiere convertir su entorno en un santuario de aves. A primera vista, es un colegio como muchos otros en Bogotá: estudiantes que llegan temprano, profesores que preparan sus clases y pasillos que guardan historias de generaciones. Pero si se presta atención en silencio, aparece otra escena: el canto de las aves, el movimiento de las hojas, la presencia de árboles que han estado allí mucho antes que cualquiera de nosotros. Durante más de 65 años, el Gimnasio Antonio Nariño no solo ha sido un lugar para aprender. También ha sido un lugar donde la vida natural ha resistido.
Bogotá no es solo cemento. Es una ciudad que alberga una alta diversidad de especies de flora y fauna, con miles de plantas y cientos de especies de fauna registradas en su territorio. Sin embargo, esa biodiversidad no está distribuida de manera uniforme: la presencia de aves y otras especies depende, en gran parte, de la cantidad de árboles y cobertura vegetal disponible en cada zona.
En ese contexto, los espacios educativos cumplen un papel fundamental. Un colegio puede ser también un ecosistema, un punto de encuentro entre la vida urbana y la naturaleza.

El Gimnasio Antonio Nariño es uno de esos lugares. El nacimiento de La Bagatela, el centro de medios del colegio no responde únicamente a la llegada de un equipo nuevo. Responde a algo más profundo: a la necesidad de reconocer, organizar y proyectar una relación con el entorno que ha existido durante décadas.
Es posible que antes otros profesores y estudiantes hayan observado los árboles, escuchado las aves o reconocido el valor del espacio. Este proyecto no pretende ser el primero en hacerlo, sino el que logre convertir esa mirada en un proceso sostenido y colectivo.
El nombre La Bagatela no es casual. Hace referencia a una tradición histórica en la que el periodismo no se limitaba a informar, sino que participaba activamente en la construcción de una sociedad crítica y consciente. En su momento, ese nombre representó el poder de la palabra para intervenir en la realidad. Hoy, esa idea se transforma en un contexto distinto: el de la educación ambiental y la comunicación escolar.
La Bagatela nace como un centro de medios multimedia, que integrará: Un medio escrito (posible periódico escolar), Producciones en audio, Contenidos audiovisuales. Todo esto con un objetivo claro: contar el territorio para aprender a cuidarlo. El primer proyecto estará enfocado en el Centro Urbano Antonio Nariño y su riqueza biológica y ambiental. A través de piezas periodísticas, se buscará visibilizar la importancia de los árboles y los ecosistemas urbanos, entendidos no solo como paisajes, sino como hábitats vivos.
En el segundo semestre, el proyecto avanzará hacia una fase más estructurada: la catalogación de especies de aves y plantas presentes en el entorno, como base para un proceso de investigación escolar y, a futuro, el desarrollo de actividades de avistamiento de aves.
Este tipo de iniciativas adquiere relevancia en una ciudad donde incluso la calidad ambiental puede leerse en la presencia de aves y biodiversidad.
Uno de los pilares del proyecto es su carácter colectivo. La Bagatela no será un espacio exclusivo de un grupo reducido, sino una plataforma donde participen: estudiantes de primaria, estudiantes de bachillerato, docentes de distintas áreas, los padres de familia del colegio e inclusive los residentes del Centro Urbano Antonio Nariño.
No se trata solo de producir contenidos, sino de formar capacidades: aprender a observar, investigar, narrar, grabar y reflexionar sobre el entorno. Además, el proyecto reconoce una condición importante: no cuenta con grandes recursos. Pero esa limitación se convierte en un punto de partida.
Con una cámara, un micrófono y la intención de construir algo con sentido, el centro de medios busca demostrar que el periodismo escolar puede ser una herramienta de transformación educativa y social. a historia de La Bagatela no es la historia de un comienzo absoluto. Es la historia de un relevo: un equipo que llega, observa, escucha lo que ya estaba y decide hacer algo para que no se pierda. En una ciudad que necesita más árboles, más ecosistemas protegidos y más conciencia ambiental, contar estas historias es también una forma de intervención. Porque un colegio no solo enseña contenidos, también puede enseñar a mirar y quizás ahí empieza todo: en aprender a ver lo que siempre estuvo frente a nosotros.

La Bagatela: El colegio que quiere aprender a contar su propio territorio.
El Gimnasio Antonio Nariño proyecta un centro de medios escolar para narrar, investigar y proteger la riqueza ambiental que lo rodea.
A primera vista, el Gimnasio Antonio Nariño parece un colegio como muchos otros en Bogotá: estudiantes que llegan temprano, profesores que organizan sus clases, salones que se llenan de voces y pasillos que guardan la memoria de varias generaciones.
Pero basta detenerse un momento para descubrir otra escena. Entre los árboles se mueven aves. Las hojas responden al viento. En algunos rincones, la vida natural aparece sin pedir permiso, como si recordara que la ciudad no está hecha solo de cemento.
Durante más de 65 años, el colegio no solo ha sido un espacio de enseñanza. También ha sido un lugar de convivencia con el entorno natural. Esa relación no nació ahora. Probablemente muchos docentes, estudiantes, familias y vecinos ya la habían visto, cuidado o valorado antes. Lo nuevo no es mirar por primera vez, sino intentar que esa mirada se convierta en un proyecto sostenible, colectivo y perdurable.
De esa intención nace La Bagatela, el centro de medios escolar del Gimnasio Antonio Nariño.
El nombre dialoga con una tradición histórica: La Bagatela fue el periódico fundado por Antonio Nariño en 1811, una publicación que usó la palabra como herramienta de debate público y participación ciudadana. Hoy, en el colegio que lleva su nombre, esa inspiración se transforma: ya no se trata de agitar discusiones políticas del siglo XIX, sino de abrir una conversación urgente sobre educación, ambiente, ciudad y comunidad.
La Bagatela quiere ser un centro de medios multimedia. No solo un periódico escolar, aunque ese será uno de sus formatos. También se proyecta como un espacio para producir audio, video, entrevistas, crónicas, reportajes, cápsulas digitales y memorias del territorio.
Su primer gran tema será el Centro Urbano Antonio Nariño y su riqueza biológica y ambiental.
Bogotá cuenta con una biodiversidad significativa: el Observatorio Ambiental de Bogotá señala que la ciudad alberga miles de especies de flora y fauna, y la guía Bogotá Silvestre recopila información sobre fauna urbana, incluyendo aves, mamíferos, anfibios y reptiles. Además, la presencia de aves en la ciudad está relacionada con condiciones como la cobertura vegetal, la disponibilidad de árboles y las características ambientales de cada zona. En ese contexto, un colegio puede convertirse en algo más que una institución educativa: puede ser un observatorio, un laboratorio ciudadano, un archivo vivo y una escuela de cuidado ambiental.
El proyecto propone que estudiantes de primaria y bachillerato, docentes, familias y residentes del Centro Urbano Antonio Nariño participen en la construcción de contenidos. No se trata únicamente de publicar noticias. Se trata de aprender a observar, preguntar, registrar, contrastar, narrar y volver comunicable aquello que muchas veces pasa desapercibido.
En el segundo semestre, La Bagatela espera avanzar hacia una catalogación de especies de aves y plantas presentes en el entorno. Esta etapa permitirá construir una base para futuros ejercicios de avistamiento de aves, educación ambiental y apropiación comunitaria del territorio.
El proyecto parte de una realidad sencilla: no hay grandes recursos técnicos. Pero sí hay una cámara, un micrófono, docentes con convicción, estudiantes con curiosidad y una idea poderosa: contar el territorio para aprender a cuidarlo.
La Bagatela no quiere ser una iniciativa pasajera. Su desafío es permanecer. Convertirse en una estructura escolar que sobreviva a los cambios de equipo, a los calendarios académicos y a los entusiasmos momentáneos.
Por eso su historia no debe entenderse como un comienzo absoluto, sino como un relevo. Otros miraron antes. Otros cuidaron antes. Ahora se trata de recoger esa memoria, darle forma periodística y proyectarla hacia el futuro. Porque un colegio también puede enseñar a mirar. Y en una ciudad que necesita más árboles, más ecosistemas protegidos y más conciencia ambiental, aprender a mirar puede ser el primer acto de cuidado.

